San Gaspar

San Gaspar del Búfalo

Roma - Italia
1786 - 1837



Anotaciones sobre la vida de San Gaspar del Búfalo

Gaspar del Búfalo nace el 6 de enero de 1786 en Roma, la Ciudad Eterna. En esa época, Roma no era la capital de un país unificado tal como lo conocemos hoy en día. Lo que actualmente es Italia era –en los tiempos de Gaspar- una serie de repúblicas, ducados y reinos. Así, Roma era la capital de los Estados pontificios, ubicados en el centro de Italia, y el Papa regía como la máxima autoridad civil de esos territorios.

El padre de Gaspar se llamaba Antonio del Búfalo y su madre, Annunziata Quartieroni. Ambos trabajaban en el Palacio Altieri; él como cocinero y ella como sirvienta. Los Altieri conformaban una de las familias más prominentes de Roma. Entre sus ancestros más destacados se encuentra el Papa Clemente X, cuyo pontificado se extendió desde 1670 a 1676. En la época de Gaspar, el jefe de la familia era el príncipe Don Paluzzo.

Gracias a la amabilidad de Don Paluzzo Altieri, desde el año 1787, el matrimonio del Búfalo habitaba una pequeña pieza del palacio. No solamente vivían ellos dos sino que también llevaron a sus dos hijos: Luis, de cinco años y el pequeño Gaspar, que tenía solamente uno. Cuando todavía era un infante, Gaspar enfermó gravemente de los ojos y se pensó que quedaría ciego de por vida. su familia, muy religiosa, dirigió sus oraciones a San Francisco Xavier, uno de los más importantes santos de la Compañía de Jesús. Milagrosamente, Gaspar logró recuperarse y el hecho fue atribuido al santo jesuita.

Desde edad muy temprana, el joven Gaspar mostró una gran inclinación por el servicio sacerdotal. Se subía sobre una silla y empezaba a predicar a sus pequeños compañeros. Junto con dos amigos, María y Pippo, Gaspar planeaba ir a Turquía para dar a conocer la palabra de Cristo. Sin embargo, muy rápidamente el plan fue descubierto por sus padres y, de esta manera, la primera empresa misionera en la vida de Gaspar del Búfalo quedó desarticulada, aunque jamás lo sería su inmensa vocación de servicio.

Cuanto tenía once años de edad, Gaspar comenzó a vestirse como monje. Empezó a visitar los hospitales y a darse cuenta de que así como existían muchas personas que sufrían a través del cuerpo, muchas otras lo hacían por el espíritu: eran almas vacías y doloridas. Es de imaginar el enorme impacto que este escenario pudo haber causado en el joven santo, sufrimiento y penan moldearon el espíritu y la misericordia de Gaspar y le hicieron entender que era necesario llegar a los lugares en donde habitaban personas carentes de ese impulso salvador que solo la fe en Cristo puede ofrecer.

La vida educativa de San Gaspar del Búfalo transcurrió en su ciudad natal. De niño asistió a una escuela pública. A los dieciséis años pasó al prestigioso Colegio Romano, fundado por San Ignacio de Loyola en 1550. Allí recibió los cursos de Filosofía, Matemáticas, Física y Teología. Fue precisamente en las aulas universitarias donde el espíritu de Gaspar tomó forma y aprendió a dominar los impulsos de su niñez. Los cursos en los que más destacó fueron –obviamente- todos los concernientes a la religión y a la teología. Sin embargo, cuando sentía alguna dificultad con la filosofía o las matemáticas, en lugar de deprimirse, se recogía ante la imagen de la Virgen María o de un crucifijo y la tranquilidad llegaba.


Tambores de guerra

La Revolución francesa había estallado en 1789, cuando Gaspar contaba apenas tres años de edad. Este gran movimiento social había logrado remecer y derrumbar toda la compleja estructura de la sociedad francesa del Antiguo Régimen.

El pueblo se levantó contra el abuso de las clases superiores y –muy pronto- empezarían a rodar cabezas, literalmente. Por la guillotina desfilaron el rey y la reina de Francia –Luis XVI y María Antonieta-, muchos nobles franceses y más tarde algunos principales revolucionarios como Maximilien Robespiere. Se calcula que la cantidad de muertos bajo la guillotina rondó las cuarenta mil personas.

La revolución llegó también con un fuerte sentimiento de anticlericalismo. Como es sabido, el siglo XVIII –también conocido el Siglo de las Luces- tuvo entre sus principales características la mayor importancia que se daba a la inteligencia y a la razón que a las cuestiones de la fe. Así, los principales líderes revolucionarios tuvieron fuertes encuentros con la Iglesia Católica, ya que la consideraban una aliada natural de las clases altas, poseedora de enormes cantidades de tierra y, por ende, de una gran riqueza material. Entonces, se confiscaron muchos terrenos y los sacerdotes que se oponían al nuevo gobierno eran tomados prisioneros o incluso asesinados. El sentimiento antirreligioso de la época revolucionaria llegó a tal extremo que hasta se creó un nuevo calendario, denominado republicano, en reemplazo del gregoriano –que es el que actualmente se sigue en la mayor parte del mundo- y regía desde 1582 impulsado por el Papa Gregorio XIII. El nuevo calendario eliminó toda referencia religiosa de él. Así, por ejemplo, se suprimió la asociación dada a cada día con un santo.

Además los nombres de los meses y días correspondían a fenómenos naturales, términos agrícolas e incluso nombres de animales, minerales y plantas. Este calendario tuvo una vida de tan solo doce años. Como puede observarse, el intento por eliminar la influencia religiosa de la población abarcó todos los ámbitos de la vida de las personas. Era solo cuestión de tiempo para que el conflicto llegara a Roma.

El gobierno de Francia, en ese entonces el Directorio, comenzó a presionar al Papa Pío VI para que obligara al clero francés a jurar fidelidad a la República y al gobierno que le representaba. El cumplimiento de este requisito era necesario para que el catolicismo perdurara en Francia. Ante las dudas del Papa, el ejército francés liderado por Napoleón Bonaparte, llegó a Italia en 1796. Tras una serie de batallas y conquistas sobre los Estados Pontificios, el ya anciano Pío VI fue tomado prisionero y murió el 29 de agosto de 1799. Finalmente, en 1801, teniendo ya a Napoleón Bonaparte como primer cónsul de Francia, y a Pío VII como Papa, se reiniciaron las relaciones entre ese país y la Santa Sede que terminaron con la firma de un Concordato que permitió la existencia del catolicismo en Francia –aunque no era la religión oficial del Estado-; las tierra confiscadas por el Estado francés a la Iglesia católica no serían devueltas y volvería a regir el calendario gregoriano. El poder de Napoleón Bonaparte no cesaría de incrementarse y llegaría a regir los destinos de Europa bajo el título de emperador de Francia, desde 1804 hasta su caída en 1815 tras la batalla de Waterloo.


Vida sacerdotal de Gaspar

Mientras estos acontecimientos ocurrían en Francia y en el resto de Europa, la vida sacerdotal de Gaspar del Búfalo empezaba a tomar forma. En 1800 recibe la tonsura, un procedimiento por el cual el obispo le rapaba el pelo de la parte superior de la cabeza.

Al año siguiente es ordenado exorcista y acólito. Y, finalmente, el 31 Y, finalmente, el 31 de julio de 1808, es ordenado sacerdote en la iglesia de los Misioneros de San Vicente de Paul, en Montecitorio, Roma, por el Cardenal Despuig. Tenía entonces veintidós años de edad.

El sueño de su niñez y la meta trazada en su juventud habían sido por fin alcanzados.

Mientras tanto, las relaciones entre Napoleón y Pío VII se habían comenzado a desgastar al punto que en 1809 el imperio francés incorporó los Estados Pontificios a sus dominios y apresó al Papa. Este estaría cautivo hasta su liberación en 1814.

Ese fue el ambiente social que tocó vivir al joven sacerdote Gaspar, una situación peligrosa para los seguidores de un papa que empezaba a ser visto como enemigo por parte de la principal potencia europea de la época.

Una de sus principales actividades era el cuidado de sacerdotes necesitados que arribaban a la Ciudad Eterna. Eran sacerdotes pobres que llegaban en peregrinaje a las tumbas de los apóstoles; muchos de ellos estaban enfermos y necesitaban atención.

Gaspar iba entonces a los hospicios para cuidarlos, hacer labores de limpieza y atender a los enfermos. Es de imaginar también que en estas largas jornadas de interacción con diferentes personas que llegaban de lugares lejanos con diversas experiencias sobre sus viajes hizo surgir en el alma de Gaspar la necesidad de llevar el mensaje de Cristo a los lugares más necesitados, ahí donde la incredulidad, la desesperanza y el miedo eran fuertes. Era imperioso levarles un regalo de fe.

La gran prueba para Gaspar sucedió cuando el 12 de junio de 1810 llegó una carta a su casa en donde se le informaba que debía asistir al día siguiente a la Jefatura de la Ciudad para rendir un juramento de fidelidad al emperador. Puntualmente, Gaspar acudió a la entrevista acompañado de su padre. El encargado de realizar este trámite fue un hombre llamado Olivetti, quien le empezó a informar sobre la necesidad de los sacerdotes de ser buen ejemplo para los feligreses y que, por ende, debía prestar juramento hacia la figura del emperador francés Napoleón Bonaparte. Mientras Olivetti hablaba, Gaspar percibió la situación que estaba enfrentando: lo estaban obligando a firmar un juramento de lealtad hacia una persona que había mandado arrestar al papa, al representante de Dios en la tierra y que, además, había comenzado un régimen de persecución a sacerdotes romanos. Gaspar sabía exactamente qué responder cuando se le pidió su respuesta: No puedo, no debo, no quiero.

Un silencio incómodo invadió la sala. Antonio –el padre de Gaspar- quedó sorprendido y conmocionado. Conocía lo que les sucedía a los sacerdotes que no aceptaban jurar fidelidad al emperador de los franceses: el exilio. Temió por la seguridad de su hijo y por el letal castigo que este recibiría. Pensó en el dolor que el destierro de Gaspar causaría en su esposa Annunziata. Y fue tentado por Olivetti para que interceda en la respuesta del joven sacerdote y lo hiciera cambiar de parecer. Antonio, que como buen padre sabía reconocer el momento exacto en que los hijos son llamados a seguir su propio destino, respondió severamente: ¡Ciudadano comisario, hágame fusilar primero a mí y después a él, pero él no jura! La audiencia había terminado.

Tan pronto llegaron a casa, la expresión de Antonio y Gaspar hizo que Annunziata comprendiera que había ocurrido algo malo. Madre e hijo se abrazaron y lloraron por la obligada separación que se avecinaba. Sin embargo, aunque la partida del menor de sus hijos le quebraba de dolor el alma, pronto comprendió que Gaspar había nacido para seguir el camino que Dios le había propuesto.


Su obra durante el exilio

El exilio tenía como dirección Piacenza. Esta ciudad estaba ubicada en la región de Emilia-Romaña, aproximadamente a unos 250 kilómetros al norte de Roma. En la mañana del 5 de julio de 1810 celebró la misa y luego aguardó que lo recogieran. Cerca de las ocho le confirmaron que lo estaban esperando para partir junto con otros deportados en la Plaza de San Marcos. Se despidió de sus padres con un fuerte abrazo y temió por la posibilidad de no volver a verlos. Uno de los acompañantes de Gaspar fue Francisco Albertini, quien se convertiría en uno de sus mejore amigos y sería un personaje fundamental en su vida.

Ya en Piacenza, comenzaría la enfermedad de Gaspar, aquella que no lo dejaría hasta la muerte. Era un mal que le hacía temblar el cuerpo y causarle continuos dolores de cabeza. Para una persona que había nacido en una ciudad grande como Roma –llena de gente, bulliciosa y por lo tanto con muchas cosas que hacer- el aspecto tranquilo de Piacenza, con una escasa población y hasta cierto punto aburrida, debió de ser una experiencia traumática. Este ambiente melancólico y lúgubre no hizo más que empeorar la condición de Gaspar. La situación llegó a ser tan delicada que incluso se le administraron los últimos sacramentos.

En ese momento trágico, la presencia de Abertini fue de vital importancia. Se dice que estando sentado cerca de un moribundo Gaspar, Albertini le narró que hacía poco había muerto Inés del Verbo Encarnado, una fiel sierva de Dios que le había contado que un día surgiría un apóstol que fundaría una congregación de sacerdotes misioneros de la Preciosísima Sangre. Este momento lo cambió todo. Las palabras de su gran amigo Albertini le habíandado nueva razón para vivir, habían levantado nuevamente la alicaída alma de Gaspar, tan duramente golpeado por el exilio y la enfermedad. Esa misma noche se levantó de su lecho y empezó a vincularse con sus nuevos proyectos.

A los pocos días, llegó la noticia d que los sacerdotes serían trasladados de Piacenza a Bolonia a finales del año 1810. A diferencia de Piacenza, Bolonia le pareció a Gaspar una ciudad más acogedora y abimosa. Allí empezó a retomar su actividad apostólica. Comenzó a predicar, a promover los ejercicios espirituales, los retiros, las charlas espirituales y acciones sociales.

Pero cuando las cosas parecían andar bien, cuando todo parecía haber encontrado un rumbo, la vida de Gaspar sufrió dos golpes devastadores. El 20 de octubre de 1811 falleció su madre tras una dilatada enfermedad, tal vez incrementada por la ausencia de Gaspar. Dos meses después, su fiel amigo Albertini, era enviado a la isla de Córcega. La soledad invadió entonces a Gaspar y se temió que los malos momentos vividos en Piacenza volvieran. Sin embargo, ante tantos infortunios, Gaspar supo encontrar la fortaleza y la esperanza necesarias para recomponer y seguir adelante.


St Felice Abbey

Fundación de los Misioneros de la Preciosa Sangre

Desde mediados de 1811 hasta comienzos de 1814, Gaspar estuvo recluido en cárceles y fortalezas de Bolonia y Florencia por rehusarse reiteradamente a jurar fidelidad al emperador. Recién con la caída de Napoleón se extendería un indulto general a todos los sacerdotes exiliados y en prisión. Gaspar tomó la decisión de regresar a Roma y en una entrevista con el mismísimo Pío VII, este le recomendó convertirse en misionero en lugar de entrar a la Compañía de Jesús.

El 30 de noviembre de 1814, el papa cedió el monasterio e iglesia de San Félix en una pequeña localidad llamada Giano para que sirviera como bastión para una sociedad de sacerdotes misioneros. Los cuatro primeros fueron Cayetano Bonnani, Adrian Giampiedi, Vicente Tani y Gaspar del Búfalo. Aquellos primeros sirvientes de Dios se pusieron a trabajar rápidamente para volver a abrir la iglesia para los lugareños. Finalmente, el 15 de agosto de 1815, la iglesia recibió al público y se colmó de feligreses. Y es desde esa fecha que comienza la historia de la Sociedad de Vida Apostólica de la Preciosa Sangre.

La búsqueda de otros sacerdotes con voluntad de entregar su vida a las misiones empezó rápidamente. Gaspar, desde Giano, encontraba nuevos aspirantes para el apostolado.

Uno de los principales logros de los misioneros fue diezmar el pandillaje y los grupos de bandidos que existían sobre todo en los pueblos y campos en el interior de los Estados Pontificios. Él pensaba que la mejor forma de acabar con estas Él pensaba que la mejor forma de acabar con estas prácticas era hablar con los bandidos, llevarles la palabra de Dios y hacerles entender lo equivocado de sus acciones. Así, desde 1815 hasta 1837, año de su muerte, los Misioneros de la Preciosa Sangre lograron abrir un total de quince casas de misiones en Italia.


Últimos días y el camino a la santidad

En agosto de 1837, Roma sufrió una epidemia de cólera. Él número de víctimas alcanzó cifras terribles. Mientras tanto, Gaspar no cesó su actividad misionera y continuó predicando, enseñando y asistiendo a los más necesitados. En uno de sus viajes a la localidad de Bassiano, el carruaje en que se transportaba junto a otros dos personas sufrió un accidente por lo escarpado del terreno y por la intensa lluvia. Aunque los viajeros pudieron sobreponerse y lograron llegar a destino, Gaspar cayó gravemente enfermo. La humedad, el frío y la intensa lluvia habían hecho estragos en su ya delicada salud. El último viaje realizado fue a Roma, por la invitación del Cardenal Odescalchi.

Conocía los graves sucesos que estaban ocurriendo en la Ciudad Eterna y la desolación que el cólera estaba causando entre los habitantes. Llegó a su ciudad natal en los primeros días de agosto, en plena estación de verano. Sin embargo, la enfermedad avanzaba en el débil cuerpo de Gaspar. Lucía fatigado, débil, pálido y respiraba con gran dificultad. Sufría de tos, náuseas y convulsiones. Gaspar sabía, en el fondo de su alma, que el final de sus días estaba cerca, y se dio cuenta de que al llegar ese día lo encontraría realizando labor para la cual había nacido y que practicaba desde niño, cuando se subía a sillas y hablaba frente a sus amigos: predicando. Finalmente, el 28 de diciembre de 1837, a los 51 años de edad, falleció en su ciudad natal, Roma. Su funeral se realizó al día siguiente y fue sepultado en la iglesia de San Pablo, en Albano. Al momento de su muerte, los misioneras de la Preciosa Sangre eran más de doscientos.

Su tumba fue rápidamente acogida como centro de peregrinación. Visitantes provenientes de diferentes lugares –incluso del extranjero- llegaban a Albano atraídos por la reputación de Gaspar. Su fama había alcanzado tal punto que los pedidos por la beatificación y canonización empezaron apenas dos años después de su fallecimiento. El Proceso Ordinario sobre su fama de santidad, sobre sus virtudes y milagros se inició examinando 42 testimonios.

La beatificación ocurrió el 18 de diciembre de 1904, tras comprobarse su intercesión en la curación, en 1838, de Octavio Lo Stocco, un pastor enfermo de pleuritis, y la sanación inesperada de Clementina Masini de Albono, en 1861, quien padecía una peritonitis crónica. La canonización se produjo medio siglo después, el 12 de junio de 1954, por parte del papa Pío XII. Los milagros que se le atribuyeron en esta ocasión fueron la curación de complicaciones de bronco-pulmonía de Francisco Campagna, en 1929, y la desaparición de un tumos maligno de Úrsula Bono, en 1934.

La llegada de la Preciosa Sangre al continente americano sucedió en 1844, cuando el sacerdote suizo Francis Brunner, el primer no italiano en la congregación, fue invitado a los Estados Unidos para ayudar en la vida evangélica de los migrantes alemanes. Así se estableció la primera Provincia en el nuevo mundo, ubicada en la diócesis de Cincinnati, en la región este del país norteamericano, en el actual estado de Ohio. Ya en el siglo XX, los misioneros se establecieron en California al oeste, Kansas en el centro y Texas y Florida en el sur.

En cuanto a Latinoamérica, los misioneros llegaron primero a Brasil, en 1929, provenientes de la provincia teutónica (Alemania), ya Chile en 1947, provenientes de Ohio, estableciendo vicariatos en ambos países.


El Concilio Vaticano II

El Concilio Ecuménico VAticano II fue uno de los hechos más importantes sucedidos dentro de la Iglesia Católica en el siglo XX. Con una duración desde 1962 hasta 1965, fue convocada por el Papa Juan XXIII y concluido por su sucesor Pablo VI.

Vaticano II surgió de la necesidad de la Iglesia Católica de adoptar la evangelización a la par de un mundo que cambiaba con una repidez impresionante. A partir del término de la Segunda Guerra Mundial y la división bipolar del planeta entre países capitalistas y comunistas, la Iglesia vío cómo los drásticos cambios políticos, económicos y sociales configuraban la sociedad en donde ella se desenvolvía. Por lo tanto, era necesario revisar ciertos aspectos que podían considerarse retrasados para las exigencias del mundo moderno.

Entre las principales reformas que se promulgaron en el Concilio destacan la celebración de la misa en el idioma de cada nación y no únicamente en latín, y el cambio de posición del sacerdote a la hora de realizar la misa, de cara a los feligreses. Las misiones adquirieron nuevamente una relevancia importante, sobre todo aquellas dirigidas a los países del tercer mundo ubicados en Asia, Africa y América Latina.

En el dereto Ad Gentes se hace un especial enfásis en la actividad misionera de los miembros de la Iglesia. Aquí se manifiesta que el fin propio de la actividad misional es la evangelización e implantación de la Iglesia en los pueblos o grupos en los que todavía no ha aparecido.

Siguiendo más adelante con el decreto, se hace una diferencia entre la actividad misionera y la actividad pastoral que hay que desarrollar con los fieles. Ambas actividades. sin embargo, están muy estrechamente relacionadas con la acción misional de la Iglesia.

Y más adelante se menciona la importante labor de los catequistas quienes, llenos del espíritu apostólico, prestan con grandes sacrificios una ayuda singular y enteramente necesaria para la propagación de la fe y de la Iglesia. Y, dada la importancia de estos servidores. es necesario que su educación sea óptima para que puedan ajustarse a los nuevos desafios de la sociedad moderna y se conviertan en eficaces colaboradores de los sacerdotes. Por ende, es necesaria la multiplicación de estos centros de enseñanza en donde se estudie la doctrina católica y el mejor método para llevar a cabo la catequesis y la práctica pastoral. Debe haber, además, cursos con los que los catequistas renueven sus métodos de enseñanza y así se nutra su vida espiritual.

En síntesis, Vaticano II no solamente fue un intento de modernizar la Iglesia litúrgicamente sino que, además, buscó una mayos participación de los feligreses. La Iglesia no estaba compuesta solamente por los sacerdotes ordenados sino por todos los bautizados -religiosos y laicos.


Llegada al Perú: la misión en la Oroya

En abril de 1961, el padre provincial de Cincinnati, John Byrne CPPS, realizó un viaje de exploración al Perú, desde los Estados Unidos, con el objetivo de estudiar la posibilidad de establecer una misión. Ya en la capital peruana, se entrevistó con el obispo de Ica, ALberto Dettman, quien le manifestó su preocupación por la falta de sacerdotes en la zona de Chincha. Sin embargo, los primeros intentos por instaurar una misión en el Perú no tuvieron frutos, ya que el Consejo temía que esta debilitara el Vicariato de Chile.

Lejos de renunciar a su proyecto, el padre Byrne decidió viajar nuevamente a nuestro país en marzo de 1962 con el próposito de visitar y conocer la localidad de Chincha; sin embargo, se le comunicó que el obispo de Ica no había esperado a los padres de la Precios Sangre, y ya había entregado Chincha a otra comunidad religiosa, los padres Vicentinos.

Ante la situación confusa ocurrida en Chincha, el 20 de marzo de 1962 se renieron en Lima los padres John Byrne y Paul Buehler, este ultimo proveniente del Vicariato de Chile, con el Nuncio Monseñor Romolo Carboni, representante de la Santa Sede en el Perú. En la reunión, el Nuncio les pidió que consideraran establecer una misión en la provincia de Yauli, en el departamento de Junín. La capital de dicha provincia era el distrito minero de la Oroya, ubicada a 3725 msnm. En aquella época, la empresa encargada de la actividad minera era Cerro de Pasco Copper Corporation, que se encontraba en dicha localidad desde 1922.

En un comienzo, el padre Byrne dudó sobre la oferta que el Nuncio realizaba, la razón era simple: prefería un lugar con menos altura y mejor clima. Sin embargo, se dieron cuenta de la necesidad de sacerdotes que tenía el lugar, ya que para 1962, La Oroya contaba únicamente con un cura que servía en una localidad de aproximadamente 70000 personas. Ambos sacerdotes pensaron que si los trabajadores de la minera habían logrado adaptarse al clima hostíl, ellos también podrían hacerlo; además vieron la necesidad de llevar un mensaje de fe a la fría localidad. Era un enorme reto.

Al día siguiente, los padres Buehler y Byrne viajaron durante seis horas hacia La Oroya, en el llamado Ferrocarril Central del Perú. En este punto, es bueno compartir algunos datos interesantes sobre este tren. Su instalación empezó en el año 1870, bajo el gobierno del presidente José Balta, famoso por haber iniciado una muy ambiciosa política de construcción de ferrocarriles. La ruta comenzaba en el puerto de El Callao, llegaba a la capital y desde allí subía a los Andes por el valle del río Rímac hasta la ciudad de Huancayo. El tendido se realizó por tramos, llegando a La Oroya recién en 1893 y a Huancayo en 1908. Por mucho tiempo fue considerado más alto del mundo, ya que la ruta alcanza los 4835 msnm. En la actualidad, el Ferrocarril Central ocupa el segundo lugar, superado desde el año 2006 por el ferrocarril Qinghai-Tibet, en China.

Al llegar, los dos sacerdotes se reunieron en Huancayo con el obispo titular, Monseñor Jacinto Valdivieso, el director de personal de Cerro de Pasco Copper Corporation, Jack D'Arcy, y la señora Ana Hickey, representante de la comunidad católica, quienes les hablaron de la urgente necesidad de una ayuda espiritual para La Oroya. Así, el 8 de julio de 1962, se anunció que los Misioneros de la Preciosa Sangre se instalarían en La Oroya para empezar su labor apostólica en el Perú. Tendrían a su cargo tres parroquias: San Antonio de Yauli, en Yauli, e Inmaculada Concepción y Cristo Rey en La Oroya.

La misión peruana comenzó a trabajar el primero de noviembre, día de Todos los Santos, de ese mismo año. La dirección recayó en el padre Pablo Buehler, acompañado por los padres Guillermo Beuth, José Herber y Leo Matasicky. Al año siguiente, se les unieron los padres Guillermo Frantz, David Kettleson, Ricardo DeCavitt y Leonardo Kistler. Más adelante, entre los años 1964 y 1967, llegaron los padres Edgar Jutte, los hermanos Eugenio y Jerónimo Schmidt, José Hinders y Tomás Brenberger.

Las primeras acciones de los misioneros consistieron en realizar concilios parroquiales, promover la catequesis en las parroquias e incluso compraron una casa rodante para poder acceder a los lugares más alejados de la provincia. Se pueden entender lo difícil que debió ser para muchos de los misioneros trabajar bajo las extremas condiciones climáticas de La Oroya. Para personas que habían nacido y crecido en el llano, el frío y la altura de la puna peruana debió de representar un enorme reto físico y espiritual. Lo riguroso de la situación hizo que algunos misioneros se desanimaran y regresaran a Estados Unidos.

Tal como se dijo anteriormente, una de las características del Concilio Vaticano II fue la de llevar la iglesia hacia los feligreses mediante acciones sociales; esta implicba salir de los templos y desarrollar una serie de obras. En ese sentido, una de las más recordadas es la labor realizada por el padre Geraldo Dreiling, quien llegó a La Oroya en 1969. Su visión de la misión era que debía tener un mayor contacto con la población; eran ellos quienes tenían que acercarse al pueblo.

Esta nueva función social fue muy bien recibida por la gente. Incluso, el padre Geraldo llegó a abrir una clínica de medicina preventiva, a la que llamó "Alma" en honor a su madre, y que fue financiada mediante una donación anual de la compañía minera. Otra de sus obras fue la realización de un campamento de verano para los hijos de los obreros, que se llamaba "Colonia de David". Desde 1981 hasta hoy, el Padre Dreiling trabaja en la parroquia "Nuestra Señora de la Luz", en el distrito de Comas.

Como se puede observar, los Misioneros de la Preciosa Sangre lograron vencer las inclemencias del clima y afianzarse en la siempre difícil ciudad de La Oroya. Entre los numerosos padres que llegaron a los Andes peruanos se encuentran Ernesto Ronly, Jaime Bender, Santiago Gaynor, Robin Urrutia, Dionisio Alberca y Aurelio Chipana, este último oriundo de Yaulí. Además destaca el hermano Jerónimo Schulte, más conocido como "el padre trabajador", por su participación activa en las obras de construcción que se realizaban en La Oroya.

Las obras de esto padres fueron muy diversas y de diferentes índoles, efectuando trabajos en el campo, educando a jóvenes como catequistas, construyendo el Centro Pastoral. Así se impulsaron las misiones entre la problación joven y la catequesis se extendió al hogar llevando una guía espiritual a las familias. También se fundó el comedor "Hogar San Gaspar" para la población de la tercera edad.

En el año 2012, la Preciosa Sangre presente en La Oroya cumplió su aniversario número cincuenta de trabajo permanente. El 1 de julio se celebró una misa a cargo del arzobispo de la Arquidiócesis de Huancayo, Monseñor Pedro Barreto Jimeno, junto con el vicario episcopal, José Deardorff y otros sacerdotes de la congregación: Dionisio Alberca, Santiago Gaynor, Aurelio Chipana, Tomás Chamaya (director de la misión peruana en ese momento), Nino Calderón y Hilton Rodriguez.

La Misión cuenta con una instalación que sirve como espacio de formación para las nuevas vocaciones. Este lugar recibe el nombre de "Casa Gaspar" y se encuentra en el distrito de Magdalena. El impulso para la formación de la casa llegó del Nuncio Apostólico en 1982 y - mediante los esfuerzos del padre Ernesto, de organizar y preparar catequistas en el "campo" - se recibió a los primeros candidatos al sacerdocio. La Casa Gaspar abrió sus puertas el 15 de agosto de 1984 y los primeros sacerdotes peruanos de la Preciosa Sangre fueron los padres Dionisio Alberca y Robin Urrutia.

Miembros de la Congregación de los Misioneros de la Preciosa Sangre - Misión Perú.

Dionicio Alberca

Dionicio Alberca, C.PP.S

Sacerdote

Nino Calderón

Nino Calderón, C.PP.S

Sacerdote

Tomas Chamaya

Tomás Chamaya, C.PP.S

Diácono

Alex Chasnamote

Alex Chasnamote C.PP.S

Sacerdote

Edgardo Chero

Edgardo Chero, C.PP.S

Sacerdote

Aurelio Chipana

Aurelio Chipana, C.PP.S

Sacerdote

Geraldo Dreiling

Geraldo Dreiling, C.PP.S

Sacerdote

Santiago Gaynor

Santiago Gaynor, C.PP.S

Sacerdote

Santos Lázaro

Santos Lázaro, C.PP.S

Hermano

Máximo Mesía

Máximo Mesía, C.PP.S

Sacerdote

Miembros CPPS ASC

Los Misioneros de la Preciosa Sangre son una sociedad de Vida Apostólica. Este tipo de asociación reúne a sacerdotes ordenados junto a hermanos consagrados, quienes tienen en común un mismo fin apostólico y viven una vida comunitaria sostenidos por la espiritualidad de la Sangre de Cristo. Estos tres pilares –misión, comunidad y espiritualidad- son los que sostienen su vida en común y la actividad que realizan juntos.

La misión de la Preciosa Sangre consiste en continuar por el mundo la obra de San Gaspar, predicando la renovación y la conversión a través de misiones y retiros. Además, prosiguen con su labor misionera y pedagógica en los diferentes centros educativos, hospitales, parroquias y prisiones. Como misioneros, ellos trabajan donde existen más necesidades y donde la palabra de Dios no ha sido aún conocida.

Siguiendo el ejemplo de San Gaspar, los misioneros viven en comunidad cuando las necesidades del apostolado lo permiten. En vez de votos, los une un vínculo de caridad por el cual ponen sus dones al servicio de la Iglesia y de los compañeros. Sus casas son centros de oración y reflexión en los que se renuevan para la misión.

La sangre derramada por Cristo fue para San Gaspar –y lo es para los Misioneros de la Preciosa Sangre- el signo del gran amor de Dios a todos los hombres y mujeres. Esta espiritualidad de la Sangre impulsa hoy a la Congregación de los Misioneros de la Preciosísima Sangre (CPPS) a construir comunidad, a caminar en solidaridad con los que sufren y a buscar la reconciliación en un mundo dividido.

Actualmente, la Preciosa Sangre tiene presencia activa en más de 20 países a nivel mundial. La congregación está dividida en 17 unidades (7 provincias, 4 vicariatos y 6 misiones). En el ámbito latino, los misioneros se encuentran en Brasil, Colombia, México, Guatemala, Chile y Perú, contando con más de mil miembros entre sacerdotes, hermanas y estudiantes.

El Consejo General está conformado por el moderador general, Don Francesco Bartoloni, CPPS; el vicemoderador y primer consejero, Padre William Nordenbrock, CPPS; el segundo consejero, Padre Félix Mushobozi, CPPS; el tercer consejero, Padre Lucas Rodríguez Fuertes, CPPS; y el cuarto consejero, Padre Marrk Miller, CPPS. En el Perú, el Director de la Congregación es el Padre Máximo Mesía Alarcón, CPPS.

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